Miquel Mascort
Director de Galería de Arte El Claustre
Jordi Isern, con innatas cualidades en el mundo de la pintura, nos ofrece temas paisajísticos de nuestras tierras con una madurez y un “savoir faire”, que nos cautivan y lo equiparan a los grandes maestros paisajísticos catalanes. Tiene una paleta de colores sólidos, valientes cuando conviene y delicados cuando el tema lo requiere y todo con una firme formación pictórica no exenta de toques de artesanía -no entendida como la versión popular de simple mecanismo y sin inspiración- sino como el concepto de poseer oficio, de pertenecer a una escuela y de llevar el legado de la tradición, tal como afirmaba el gran maestro Eugeni d’Ors.
Jordi Isern es una figura importante y consagrada de la pintura catalana y en el panorama actual donde cualquier cosa es considerada Arte, seria conveniente que se tuvieran en consideración -otra vez- los conceptos de inspiración, calidad y formación que posee la obra de Jordi Isern.
Carles Puigdemont i Casamajor
Periodista
Diputat al Parlament de Catalunya
El patrimonio salvado de la devastación del presente
La proximidad es un valor en alza en el conocimiento contemporáneo, curiosamente condicionado por la globalización. Quiero decir que a medida que nuestro conocimiento del mundo aumenta, crece también el valor de aquello que nos es próximo. A lo mejor porque, en el juego de las comparaciones inevitables, nuestro entorno tiene el magnetismo único de la patria que vamos redescubriendo, a menudo sin proponérnoslo, cuanto más lejos alcanza nuestra mirada.
La obra de Jordi Isern tiene, entre otras muchas virtudes, la de activar los mecanismos que ponen en marcha un cóctel de emociones donde somos capaces de identificarnos profundamente. Hace trascendente una proximidad que, en la forma en la que nos la presenta, ha dejado de ser cotidiana para convertirse en eterna. Por eso, la primera vez que la obra de Jordi Isern me interpeló, su magnetismo se convirtió en emoción. Cuando te encuentras, de repente y sin previo aviso, con la evocación precisa de elementos vitales que tienes guardados en el sitio más seguro de tus recuerdos –y que por eso mismo no sueles consultar con asiduidad, sino en las grandes ocasiones- el alma se despierta. Entonces, desde la modestia más absoluta, cualquier ser humano es capaz de rendirse al poder conmovedor del arte.
En la Girona que Jordi Isern evoca de manera persistente hay una proximidad trascendente que es difícil pasar por alto. Las piedras y los espacios son las mismas piedras y espacios con los que se topa nuestra cotidianidad pero son evocadores de un relato una parte del que se escribe desde y para la intimidad de cada uno.
Las estancias frecuentes de Jordi Isern en Girona y la Garrotxa le proporcionan un conocimiento del paisaje humano trascendente -el que forma parte del imaginario de las generaciones sucesivas- que confiere a su obra una dimensión de auténtico patrimonio colectivo, nacional. Sus cuadros son como los botes de esencias a partir de los cuales se elabora el perfume que nos cautiva y nos identifica. Somos, en parte, aquello que pintamos. Hoy, las antenas de telefonía móvil han quitado el sitio al palo alrededor del cual se construía el pajar, pero aún somos indudablemente hijos de la cultura del pajar, y del espacio rural del que se ha abastecido nuestra genética.
Aquello que Isern pinta no es un velo de melancolía sino casi un acta notarial que da fe del país. Sin la persistencia de la escuela de la cual Isern es deudor no podríamos entender –y mucho menos lo podríamos hacer en el futuro- el significado de nuestros pueblos y de nuestro paisaje. Pueblos y paisaje son esculpidos de una manera determinada, en un tiempo determinado, por unas acciones determinadas cargadas de lógica. Todo esto, alguien tenía que salvarlo de la devastación del presente, cada día más implacable con el patrimonio. Como hizo Salvador Espriu con las palabras, un puñado de héroes se ha dedicado a preservar una parte esencial de nuestra memoria. Jordi Isern es uno de ellos. Nunca estaremos lo bastante agradecidos al servicio que estos soldados, que algunos quisieran ver vencidos y derrotados, han prestado a la causa victoriosa de construir un país.